El pasado día 6 de junio, un grupo de colegiales y miembros del club universitario del CM Almonte, se desplazaron a Madrid para acompañar al Santo Padre en su viaje apostólico a España. Uno de los asistentes, Jaime Garzón, nos describe su experiencia en la siguiente crónica.
Encuentro con León XIV
Empezamos el día de la mejor forma posible: con una misa. El sueño, aunque golpeaba duro, nos preparaba para lo que se acercaba; sabíamos perfectamente que valdría la pena. Tras desayunar y prepararnos, recibimos una bendición para el viaje y nos pusimos manos a la obra.
Nos esperaba un largo trayecto en furgoneta hasta Madrid. Mientras algunos daban conversación al conductor, otros optaron por dormir un rato para reponer fuerzas de cara a la odisea que se avecinaba. Para unos el viaje fue corto y para otros demasiado largo, pero por fin pudimos leer en los carteles: Bienvenidos a la Comunidad de Madrid.
Llegamos a la capital con ganas de alzar la mirada y tener un encuentro con el Vicecristo. Al llegar, fuimos recibidos por una familia que, sin duda, entendía a la perfección el significado de la caridad cristiana; un verdadero ejemplo de servicio. Tras comer y dejar las cosas listas para la noche, nos mentalizamos y comenzamos la gesta.
Tomamos el cercanías y el metro, pero al llegar al centro de Madrid nos topamos con el primer contratiempo: la parada estaba al otro lado de la Castellana y no podíamos cruzar hacia nuestro punto de acceso, por lo que nos tocó buscarnos la vida. Nos subimos a otro metro y caminamos un largo trecho hasta llegar, por fin, a la fila del acceso C8. El camino no fue de rosas; de hecho, uno de los peregrinos pisó una alcantarilla que cedió, aunque por suerte el susto quedó en nada.
Cuando parecía que todo marchaba bien, el acceso C8 colapsó debido a la enorme afluencia de gente. Tuvimos que ponernos en marcha de nuevo para buscar otra entrada. Afortunadamente logramos pasar y nos encontramos con el evento: miles de jóvenes, con sus virtudes y defectos, pero unidos por una misma fe y un mismo amor. El calor golpeaba con fuerza, pero la fe nos daba el apoyo necesario para aguantar.
Con el paso de las horas comenzó el espectáculo musical, demostrando que la fe es cosa de vivos y no de muertos, de la mano de grupos como Hakuna o Siloé, entre otros. De pronto, estallaron los gritos: el Papa se estaba acercando. Todos nos aproximamos lo máximo posible a la valla mientras miles de jóvenes coreaban: «¡Esta es la juventud del Papa!» y «¡León, amigo, España está contigo!». Allí estaba él, por y para nosotros.
Así comenzó la vigilia, con más de medio millón de jóvenes alzando la mirada. Se dio paso a las preguntas de los asistentes sobre sus referentes o su experiencia misionera. Entre todas las cuestiones, llamó especialmente la atención una: ¿Cómo reconocer la voz de Dios entre tantas voces? El Santo Padre habló entonces del valor del silencio; de apagar el mundanal ruido que nos impide escuchar al prójimo, a nosotros mismos y a Dios. Explicó que el silencio nos permite discernir, saber qué escuchar y qué no, pues en él las ideologías pasan, mientras que la Verdad permanece.
El Papa nos pidió que no tuviéramos miedo, que dijésemos «sí» a Cristo y nos recordó que no estamos solos. Defendió el matrimonio como una vocación, animándonos a formar familias sin temor, y entregó la Iglesia a los laicos para que la sostengamos. Nos instó a ser la sal del mundo, esa chispa de una humanidad nueva que caliente el ambiente espiritual, porque una vida sin sabor no se siente como propia. En definitiva, nos encomendó la misión de ser humanos: hombres y mujeres de carne y hueso, con rostros fiables y sin apariencias. Nos animó a cambiar la historia con amor, tal como lo hicieron los primeros cristianos.
Y entonces ocurrió lo impensable: más de medio millón de jóvenes se arrodillaron en absoluto silencio ante el Santísimo expuesto. Esa juventud, a menudo atacada por el ruido del mundo, decidió callar en un gesto unánime de adoración. Cada uno, de forma individual, guardó silencio para dejarle hablar a Él.
Al día siguiente nos levantamos temprano con un único objetivo: la misa con el Santo Padre. Entre 1,1 y 1,5 millones de personas compartían nuestro propósito, por lo que fue complicado encontrar sitio y a algunos nos tocó vivir la celebración bajo un sol de justicia. Sin embargo, valió la pena. Durante la homilía, el Papa habló del don de la presencia viva de Jesús, un amor más fuerte que la muerte. Definió la festividad del Corpus Christi no como una tradición o folclore, sino como la raíz misma de la vida cristiana. Jesús no se encierra en el templo; camina con su pueblo. No se trata solo de sacar la custodia en procesión, sino de dejarnos sacar a nosotros mismos de nuestro propio egoísmo.
En resumen, esto no fue un encuentro con una celebridad, un influencer o un actor político. Fue un encuentro personal con el vicario de Dios en la tierra. Fraternidad y amor: así se podría resumir esta convivencia que supuso, ante todo, un reencuentro con los demás y con Dios.




























































































